Relato ·
Amor y escamas
Relato galardonado con el 2º puesto en el certamen de narrativa feminista/LGBT por la Universidad Complutense de Madrid.
Ambientado en la inglaterra pirata de fantasía.
Este relato propio se presentó bajo el seudónimo de Emerson.
El viento soplaba con tanta fuerza que secuestraba los pensamientos de todos aquellos ilusos que creían que vivir en el mar era tarea fácil. Estúpidos. Débiles. Nada molestaba más a aquella capitana que cuestionaran su autoridad preguntando por su marido, el innegable dueño del barco para muchos. Lo poco que se comentaba apuntaba a que nunca se casó, pues nunca mostró más interés por un hombre que el banal sexo que rara vez buscaba. A su tripulación tampoco nos importaba, sobre todo porque si algo podíamos afirmar, era que Emerson no era viuda ni romántica, pues su corazón se encontraba enterrado en una lejana isla, donde solo ella y su hermana, la ciega, vivían.
Alguna vez escuché un poco sobre ella, pero tampoco mucho. El whisky hacía años que no hacía efecto a nuestra capitana, y ya cada vez se le escapaban menos detalles de su juventud, de la ciega y de ese marido tan raro que dice haber tenido. Siempre empezaba su historia de la misma forma.
Convertí el mar, mi hogar y mi interior en un silencio absoluto con sabor a anís rancio. Siempre pensé que era yo la que velaba por las dos, pero el día que todo estaba oscuro, fue ella la que me guío.
Tomé malas decisiones cuando padre murió, pues debí casarme a toda costa. Dos hermanas gemelas no deberían criarse sin un hombre (o eso decían nuestros vecinos). Con el tiempo nos convertimos en la ciega y su bastón. Pues al no tener un gran pecho, me convertí en el listón de madera que sujetaba a mi hermana. Podría ser ofensivo y podríamos llorar por los comentarios, pero estando juntas éramos mucho más fuertes que eso. Incluso llevábamos la cuenta de todo lo que nos decían. Con esto vimos que Henry, el panadero, tenía una gran imaginación, ¡qué nombres tan elaborados! La ciega y el bastón, su mayor obra.
Dejaron de prestarnos atención cuando algo más importante llenó sus bocas. Esa mañana todo el poblado se había reunido en la costa. Se notaba en el ambiente lo que se avecinaba.
— ¡Monstruo marino! ¡Dios nos ha castigado por pecadores!
Se escuchaban todo tipo de barbaridades, que no hacían más que incrementar mientras me adentraba en el núcleo de aquello a empujones.
Aquella majestuosidad atrapó mi vista. Habían capturado a una criatura marina mitad mujer mitad pez de altas formas, bellas curvas y unas escamas que brillaban al sol de una forma indescriptible. No pude disfrutarlo, pues aquel efímero capítulo con la criatura acabó de forma sangrienta, algo cambió dentro de mí.
No tardaron en volar las noticias, y con ello se disparó la fama del poblado. La Metrópolis Marina nunca estuvo tan repleta de mercaderes como aquella primavera.
Pasaron los años y la caza mística aumentó. Al principio era el placer del hombre por lo inexplorado, lo mágico y lo nuevo. En consecuencia, las ninfas marinas, el nombre que recibieron aquellas bellas criaturas, se volvieron agresivas, y rápidamente se convirtió en una prueba de hombría.
Aquel que consiguiera cazar una, tendría sexo asegurado por el resto de su corta existencia. Y no confundan mis palabras, solo era una ley no escrita, pues toda damisela debía sentirse honrada si un cazador, de los que se les inflaba el pecho contando historias, decidía pasar una noche con ella.
Quizás en otras circunstancias, me permitiría la flojera de no cuestionarme si realmente quería acostarme con un hombre de esa índole. Padre querría. Sin embargo, en cuanto mi hermana y yo nos vimos obligadas a vivir por nuestra cuenta, si algo no había parado de hacer, era pensar por mí misma y nada me provocaba más arcadas que pensar en acostarme con un asesino.
Las cosas solo se complicaban a medida que el dinero de padre se esparcía y los precios en la famosa Metrópolis Marina se disparaban.
— ¡Cómo vamos a sobrevivir, hermana! —ella intentaba calmarme con su abrazo—. ¡No puedes alimentarte a base de pan duro!
Esa noche no pegué ojo. Discutir con mi hermana me removía las tripas, o quizás fuera el hambre, seguramente ambos. La quería tanto que mi corazón ardía, no debería faltarle nada. Tres monedas de plata era todo lo que nos quedaba, y pasear por el poblado había perdido todo el efecto tranquilizador que alguna vez tuvo. Solo me quedaba el mar.
Le rogaba al elemento, día sí y día también, que solucionara nuestros problemas, dejando una linda concha como pago, en unos meses había montado un santuario. Le contaba a la dulce arena cómo nunca encontraría un marido llevando pantalón y a las olas mis más profundos pensamientos. Reía junto a las gaviotas, pues todas pasábamos hambre y juntas, envidiábamos a las algas que se alimentaban sin esfuerzo. Había encontrado la pieza que me faltaba en la orilla de ese océano y no sabía el porqué. Ese santuario empezó sin gran razón y acabó siendo mi destino.
Los días pasaban y nada mejoraba. Estábamos en nuestro límite. Abandoné mi último trabajo cuando mi jefe insinuó profanarme por dos monedas de bronce, y me echaron del anterior por plantear llevar pantalones. Hubiera sido una mañana como otra cualquiera si alguien no hubiera destrozado mi santuario.
Tener una hermana de agudizado oído había perfeccionado mi sigilo, y la sociedad había rentabilizado la daga de mi bolsillo. Nadie visitaba estas playas sin motivo, debía protegerme.
Mis oídos la encontraron antes que mi vista, su voz besó mi alma sin permiso y mis manos soltaron la daga de forma voluntaria ante tanta majestuosidad. Ahí estaba ella, una ninfa marina de verdad sollozando sangrante sobre mi escenario de conchas. Cantaba, y sabía que me estaba llamando. ¿Por qué una criatura así me buscaría? Dudé sobre si responderle o marcharme, no me dejó opción cuando paró su canto al notar mi presencia. La ayudé.
Siguió apareciendo con el paso de los días, y aunque no pronunciara ni una sola palabra, se comunicaba directamente con mi corazón. No me tenía miedo, no como a los hombres. Ella me conocía, siempre estuvo ahí, escuchándome en el mar cuando le contaba mis problemas. Sentí gran vergüenza cuando le expliqué que yo no había notado su presencia, y que este altar no era para ella, vi en sus ojos aumentar nuestro vínculo ante mi sinceridad. La alimenté y curé todas las noches, el mar se había vuelto peligroso.
Con el tiempo, nuestro vinculo se había hecho poderoso, especial. Le regalé incontables ramos de flores terrestres que yo misma recogía, y ella sacrificó fauna marina para alimentarnos a mí y a mi hermana. Con el tiempo, empezamos a querernos, una humana y una ninfa. Algo tan descabellado como sincero.
Esa oscura y fría noche de octubre, cometí el mayor error de mi vida, le abrí mi corazón a mi hermana y le conté todo sobre el fuerte amor que sentía hacía la ninfa marina. No lo comprendió, no lo aceptó. Su enfado empezó con mi amor hacia otra mujer, y tocó techo cuando no supo definir a la ninfa exactamente como una mujer. «¿Lo era?».
Intenté explicárselo, le juré que sus cantos solo manipulaban a los hombres, que nunca me haría daño, que yo la amaba y ella a mí. Mi querida hermana eligió el camino más oscuro, y decidió traicionarme. Fingió entenderlo para huir en la noche y venderme al arcipreste, aquel al que tanto habíamos odiado, y como no, el hombre a su vez la traicionó a ella.
—¡Eres una ingenua si crees que no me hará daño solo porque te lo dijo! ¿Te olvidaste de cómo acabó madre por aprender a leer? —ella anunciaba sus sollozos sin vergüenza cuando comprendió que me matarían aquella misma noche por esconder a una ninfa.
La Metrópolis Marina había sustituido el olor a sal y alcohol tan característico de aquel poblado por el olor de las flameantes antorchas. No tardaron en “tocar” nuestra puerta, pasar “amablemente” sin permiso y usar una bolsa de trapo y cuerdas para preparar a la persona que les daría el espectáculo de aquella noche.
Podría comprender el miedo a lo desconocido, a una criatura desconocida, pero los comentarios que se escuchaban guiaban a que muchos se habían quedado en la parte en la que una mujer no se había enamorado de un hombre.
La puesta en acción fue rápida y eficaz, casi hercúlea. Una soga al cuello, muchos espectadores y unas últimas palabras eran todo lo que necesitaban para expiar cualquier pecado. Lo que aquel pueblo no se esperaba era el amor, y mucho menos que aquellas famosas últimas palabras fueran las siguientes:
—Te quiero, Eme.
Mi corazón latía sin parar, no daba avío para bombear toda la sangre que necesitaba. Nunca en mi vida había corrido tanto, pero conocía el camino perfectamente, lo había hecho todas las noches. Puedo jurar que no me siento orgullosa de aquello, y que mi corazón es noble, pero el de mi hermana más y no podía fallar ni una sola parte de su plan, robé aquel barco y escapé.
Le lloré a mi ninfa sin parar durante siete noches y siete días, me alimenté solamente de pescado y cerveza, eso cuando mi estomago se dignaba a alimentarse. «¿Mi hermana había muerto? ¿Había muerto por mi culpa?», mi cabeza revoloteaba en pensamientos autodestructivos. Nunca llegué a entender el porqué de aquel cambio de opinión, por qué decidió sacrificarse a cambio de mi amor. Muchos la llamaban ciega y ya, pero estoy segura de que ella veía mucho más que todos, y esa noche, entre llantos, mientras asumía mi muerte en sus brazos, vio en mi alma que confiaba puramente en aquella extraña criatura que ni yo lograba comprender del todo en ocasiones.
Ese día, dejando la pieza más importante de mi corazón en tierra, en una enorme isla que llaman Inglaterra, partí mi viaje como capitana de un barco robado. Con la ayuda de una ninfa que conocía su hogar, el mar, a la perfección, no fue difícil cumplir con hazañas que ningún pirata ni siquiera podría imaginar. Pronto conseguí una tripulación, riquezas y poder en el mar. Sin embargo, esa era la parte fácil.
Tres meses pasaron hasta recibir noticias sobre la Metrópolis Marina. El plan de mi hermana había funcionado a la perfección y ella había conseguido sobrevivir, ese día fue el más feliz de mi vida. Nunca quise aceptar su plan, nunca la pondría en peligro, ella me juró que funcionaría y una vez más mi ciega confianza en ella había puesto un punto y final feliz a una trágica historia. Nadie notó la diferencia entre nosotras mientras la llevaban a la horca, somos gemelas y no importa si eres ciega cuando tienes una bolsa de tela en la cabeza. La libraron de la muerte, y las culpas cayeron en mí, pues todos pensaron que yo la amenacé con mi arma ninfa a hacer aquel paripé mientras huía. Obviamente, me sería imposible volver a acercarme a mi pueblo natal, pero era un precio que no me importaba pagar, con mi fama y poder como pirata podría sacar a mi hermana de allí en cualquier momento.
Conseguí algo que parecía imposible, y no me refiero a sobrevivir en una sociedad por y para hombres como aquella, con una hermana ciega, tampoco a escapar de una muerte segura o a convertirme en la primera mujer pirata de la que alguien escuchó. Me refiero a algo mucho más complicado y peligroso en estos tiempos en los que vivo, amar sin barreras. Me enamoré de algo, que no sé si podría encasillar como mujer, pero que estoy segura de que no se le podría llamar hombre. Ella también se enamoró de mí. Parece complicado, pero no lo es. No podemos llamar complicado a algo que no tiene otro camino, nuestros corazones hablaron, no podemos hacer otra cosa que escucharlos, eso es lo más sencillo del mundo.
Convertí el mar, mi hogar y mi interior en un silencio absoluto con sabor a anís rancio. Siempre pensé que era yo la que velaba por las dos, pero el día que todo estaba oscuro, fue ella la que me guío. Encontró una luz celestial que nos aseguró un futuro perfecto en un mundo cerrado y sin amor, y yo solo pude gritar:
—¡Viento en popa, mis valientes! ¡A por mi hermana!