Relato ·

Los Flores

Este entrenamiento por TintaDragon se basa en redactar la felicidad del protagonista o su mejor día sin decirlo explicitamente.

Prohibido: La palabra felicidad y sus sinonimos

Objetivo: Mostrar, no decir

Han atropellado a la vieja.

A la doña, a la jefa, a la conocida Margarita García, que es también mi madre y la viuda más guapa de todo el barrio. Está fantástica, pintando un cuadro en el salón con una pierna escayolada y con una agenda bajo el brazo donde elige en que se gastará la baja de autónomo. Por otra parte, me lanza miradas de soslayo:

—La cafetería no debe cerrar —puntualizó con aires de responsabilidad—, además te vendrá bien coger algo de aire fresco. Estás pálida —dijo suspirando como solo las madres hacen—.

Desde que David te dejó no levantas cabeza, Rosa.

—¿Cómo te las apañas para meter a David en todos nuestros temas de conversación? Ya sé que te caía bien, pero no estábamos hechos el uno para el otro —mentí con ligereza, como si el imbécil no me hubiera puesto los cuernos. Pero no quería disgustar más a mi madre, ella le adoraba.

—Esta mañana fue con una morena, me dijo que volvería.

Algo en mí hizo clic y en la televisión saltó un anuncio sobre casinos online, de estos que te aseguran que es tu día de suerte y un adictivo sonido de máquina tragaperras te muestra como se alinea el destino hasta formar un «777». Era el mensaje que necesitaba.

—Tienes razón, mamá. La cafetería no debe cerrar.

Me trencé el pelo, tomé las llaves y salí por la puerta. Volví atrás, besé a mi madre y salí por la puerta. Volví atrás, regresé a la cocina, me coloqué el delantal de la cafetería, besé a mi madre, me llamó despistada y salí por la puerta. Estaba eufórica.

—¡Miren quién entra por la puerta! ¿He tomado demasiado café? —gritó mi prima al verme entrar a la cafetería familiar— ¡Y trae el delantal de Los Flores! —puntualizó mientras su boca se curvaba en una sonrisa.

—Te adoro, prima —dije dándole dos besos mientras me ponía al día de todo. Su perfume era igual de embriagador que siempre, pero junto al aroma de la cafetería despertaba un sentimiento nostálgico en todo mi cuerpo que me hacía preguntarme por qué había desperdiciado los últimos ocho meses encerrada en casa.

La jornada fue caótica, pero entretenida. Preparé galletas, masa madre, hojaldres y una infinitud de sandwiches veganos. Cocinar junto a mi prima me recordaba de donde había nacido mi amor por esta profesión. «Eres igual que tu padre», decían los clientes ancianos al verme cocinar con esmero y satisfacción. Aunque los «Se te ve radiante, ¿dónde has estado?» eran mucho más comunes entre los de mi edad.

—Buah, si es que no sé cómo hemos sobrevivido sin la hija del señor Flores —dijo una de las empleadas a tiempo parcial. No la conocía, pero tenía un fuerte acento cubano que llenaba toda la cocina. Ella si me conocía— Me ha dicho Marga —de Margarita— que te ha dejado el churri. Qué pena, mija. Pero una mujer como tú puede con to’ eso.

—Sí, la verdad. Es que fue como muy de golpe, ¿sabes? Mi cuerpo no ha estado colaborativo desde entonces. Pero eso se acabó, ¡pienso volver a ser yo! —No estaba acostumbrada a la seguridad que me llenaba la boca y eso teñía mis mejillas, pero ver cómo esa señora hacía espejo de mi expresión y se contagiaba de mi chispa me hacía ver que iba a valer la pena.

—¡EL LOCO! —gritó Marga colándose de un portazo en la cocina. La puerta se ondeaba como las del viejo oeste con un rítmico crujido.

—¿Me estás echando las cartas en el trabajo? Ya sabes que a mi madre no le gusta el tarot, dice que…

—¿Qué? ¡No! Cállate y escu-

—¡Eeeeeesa boca! —contestó mi nueva amiga estirando la ‘e’ con su particular tono de voz—

‘Malhablá’

—Perdona, Sol —tosió y aspiró un par de veces recuperando su habitual compostura— Lo que quiero decir es que… ¡DAVID! ¡CON UNA RUBIA!

Por supuesto fue Sol la que tuvo que atenderle, porque ni Marga ni yo estábamos dispuestas a pasar por un momento tan incómodo, no con el gran día que estaba teniendo. Había decidido salir de casa para cubrir a mi madre y no tenía ninguna intención de volver con el rabo entre las piernas a los brazos de mamaíta.

—Haces bien, prima. Yo que tú tampoco saldría de aquí, a veces encerrarse no es tan mala opción. Mientras cuides tu mentalidad y…

Esta vez fui yo la que la que dejó la puerta ondulando. Mis fosas de la nariz se abrieron con orgullo y me frente se elevaba sola como si el techo tuviera un imán. No culpo a Marga por aquello, pero solo volver a pensar en que me estaba encerrando a mí misma me hacía inundarme en rabia. Había renacido y el sol volvía a estar de mi lado. Y Sol, la nueva camarera, también.

—Mesa cuatro, flor. La otra se llamaba Lisbeth.

—Allá que voy. —Saqué pecho.

Marga salió de la cocina disparada una vez que reaccionó.

—¿Vas a dejarla cometer esa locura, Sol? ¡Con lo que nos costó sacarla de casa! Se la va a comer…

—Marga, respira, mírala.

—Resplandece…

—Es más fuerte que nunca, confía en ella. Ah, y deberías decirle que su madre está estafando al Estado, fingir estar lesionada para sacar a tu hija de casa no está bien.

Llegué decidida. Cada pisada resonaba como el caminar de un caballo y me golpeé la mejilla para estar presente en el momento. Mi momento.

—¿En qué puedo atenderles? —comenté con una sonrisa chupando la punta del bolígrafo.

La cara de David fue un cuadrado y durante un segundo fue a levantarse. Imaginaba que para montar una escena, pero su compañera interrumpió.

—Yo quiero un café, y… un sándwich de la casa —Se giró confusa hacia David, que escupía fuego con la mirada— ¿Tú vas a querer algo? —Él no contestó y yo solo esperé con una sonrisa. No me sentía incómoda— Es nuestra tercera cita y todavía está nervioso, ¿no es mono?

—Si no estuviera teniendo dos citas al día, sería supermono. Y antes de que te diga que la otra era su hermana, no te molestes, es hijo único.

—Cállate, Rosa.

—¿L-la conoces? —Tartamudeó la chica al borde del llanto.

—Es la despechada de mi ex, no le hagas caso —Por un momento pensé que iba a conseguir darle la vuelta a la situación y no tendría más formas de salvar a aquella pobre chica de sus garras, pero lo hizo. Dijo la frase mágica —: Está loca, seguro que sigue enamorada de mí. «Mi ex está loca», una frase mágica que puede ahuyentar a mucha gente. ¿Cómo tenía que ser tener a una ex loca de verdad? Pobre al que le tocara. A David solo le tocó una con un día muy corto para todo lo que tenía pensado hacer.

La rubia fue a pegarle un tortazo y con suerte pude pararla.

—A mí me denunció por menos, no vale la pena, amor. Ven que te invito al sandwich.

Le tendí un pañuelo y me sujetó la mano. Temblaba y me daba pena haber provocado aquello.

Pero valió la pena cuando se pronunció.

—Has sido muy valiente, yo no lo habría hecho. Había cosas raras, pero no quise darme cuenta. Me has ahorrado mucho tiempo de molestia…

—Yo no sé cómo te ha creído tan rápido, Rosa —Interrumpió Marga limpiando la barra y Sol hizo un gesto de aprobación mientras giraba el cartel de «Abierto»— A mí me viene una loca a decirme que mi novio me pone los cuernos, y no sé a dónde la mando.

—Me dijo que vino con la hermana.

Inesperadamente, se empezó a reír. Y nosotros con ella. Fue una carcajada potente, de las que hacen que te duela la tripa una barbaridad. Pero en mi caso ese dolor no quería cesar.

—Chicas —musité con un hilo de voz—, m-me duele…

Y todo se fundió a negro. Desperté unos minutos después en el coche de mi madre. ¿Mi madre era la que conducía? Ver a Marga sujetar una escayola falsa me hizo sentir alivio y me dio por reírme. <<Mamá, eres increíble>>, fui a decir, pero no escapaban las palabras de mi boca.

Llegamos al hospital y me atendieron enseguida. Fue un poco caótico, y cualquiera pensaría que esto arruinaría mi día. Sol y Marga todavía dudan, pero lo que pasó en aquel hospital fue lo que le dio sentido a todo.

Por fin entendí mi depresión, entendí mi cansancio y los kilos de más. Entendía mis caprichos por los sandwiches de berros y por qué mi energía había mermado. El doctor dice que alguna veces pasa, que no a todas se nos nota.

Me entregó a un hermoso retoño. Una linda niña que lloraba con esmero. Respiraba vida y recibía todas mis lágrimas mientras no podía controlarme. Mi madre me limpiaba los mocos y yo solo podía llorar.

Aquella niña era lo más bonito que había visto nunca. Era mía y yo suya. Y por fin lo entendí todo, todo mi sufrimiento había sido necesario para llegar a este momento. Toda la aventura por mares y monstruos habían llevado al tesoro al final del camino, me habían llevado a ella.

—Te adoro, hija mía. Pienso hacerlo todo bien, mi flor.

Violeta Flores García.

Tu hermoso rostro evitará que el doctor se dé cuenta de que la abuela está sin la escayola y la detengan por estafa.

Fin.

Eros Guerrero.

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